Por Margarita de la Rosa
Periodista
¿Nos está hablando la naturaleza y nos negamos a escucharla?
Hay imágenes que inquietan mucho más que las estadísticas.
Las que llegan estos días desde Samaná son de esas que obligan a detenerse. En Playa Rincón y otras áreas de Las Galeras, el azul del mar prácticamente ha desaparecido bajo una espesa alfombra de sargazo. La acumulación ha llegado a ser tan impresionante que algunas personas parecen caminar sobre las aguas.
Una de nuestras playas paradisíacas, símbolo de esa naturaleza exuberante que durante décadas hemos exhibido orgullosamente al mundo, presenta hoy un rostro diferente, casi irreconocible.
Y frente a esas imágenes surge inevitablemente una pregunta: ¿qué le estamos haciendo al planeta?
El sargazo es un fenómeno natural. Siempre ha existido. Lo que ya no parece normal es la dimensión que ha alcanzado durante los últimos años.
La NASA acaba de informar que 2026 se convirtió en el segundo año de mayor abundancia de sargazo desde que existen registros satelitales, apenas superado por 2025. En el Caribe se alcanzaron niveles récord.
Es decir, lo que estamos contemplando en Samaná no constituye simplemente una desagradable anomalía de una playa dominicana. Forma parte de un fenómeno muchísimo mayor que se extiende por el Atlántico tropical y el Caribe.
Y entonces vuelven las preguntas
¿Hasta qué punto estamos contemplando las consecuencias de décadas de agresiones contra los ecosistemas? ¿Cuánto tienen que ver la contaminación de los mares, el calentamiento de las aguas, los nutrientes que descargamos en los océanos, la destrucción de bosques y manglares y nuestra obsesión por producir y consumir sin límites?

Quizás la naturaleza no se “venga”. Esa sería una manera demasiado humana de interpretarla. Pero la naturaleza responde.
Todo ecosistema alterado busca un nuevo equilibrio, aunque ese nuevo equilibrio resulte incómodo —o peligroso— para quienes provocamos la alteración.
Y últimamente algo parece fuera de lugar
Llueve cuando esperábamos sequía. Se prolongan períodos secos donde antes conocíamos temporadas relativamente previsibles. Vaguadas, inundaciones, temperaturas extremas, incendios, huracanes cada vez más destructivos en distintos puntos del planeta convierten los informes meteorológicos en noticias que con demasiada frecuencia terminan hablando de tragedias humanas.
Los terremotos
Aquí debemos hacer una necesaria distinción: los terremotos son fundamentalmente fenómenos geológicos vinculados al movimiento de las placas tectónicas y no existe evidencia científica para atribuir los grandes sismos del planeta al cambio climático. Incluso cuando determinadas actividades humanas pueden inducir sismicidad en zonas específicas, sería incorrecto colocar terremotos y calentamiento global dentro de una misma relación de causa y efecto.
Pero eso no elimina la sensación de vulnerabilidad.
Mientras la tierra tiembla por sus propios procesos naturales, sobre la superficie los seres humanos libramos nuestras propias guerras.
Bombardeamos ciudades. Destruimos viviendas, hospitales, escuelas y campos. Contaminamos ríos. Arrasamos bosques. Llenamos los océanos de plástico. Extraemos recursos como si fueran infinitos y discutimos sobre crecimiento económico mientras los ecosistemas que sostienen ese crecimiento comienzan a mostrar señales preocupantes de agotamiento.
Entonces uno contempla aquella inmensa alfombra marrón cubriendo el azul de Samaná y siente que la fotografía trasciende el sargazo.
Parece una metáfora de nuestro tiempo. Como si poco a poco algo estuviera cubriendo los colores del planeta.
Hablamos de “salvar el planeta”, cuando realmente deberíamos hablar de salvar las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia en él.
Por eso aquellas fotografías de Samaná deberían producir algo más que preocupación por la temporada turística o por el costo que implicará retirar toneladas de algas.
Deberían hacernos pensar. Mirar nuevamente nuestros ríos convertidos en vertederos. Los bosques que desaparecen. Las montañas heridas. Los manglares sacrificados. Las costas invadidas. Los mares utilizados como depósitos de nuestros desperdicios.
Y preguntarnos cuánto más esperamos recibir antes de comprender el mensaje.


