Ya no quiero seguir contando mujeres muertas. Ya no quiero abrir las redes sociales o recibir una alerta y encontrarme otra vez con la misma tragedia: una mujer asesinada por quien decía amarla. Me duele profundamente ver cómo los feminicidios siguen arrebatando vidas, dejando niños huérfanos, madres destruidas y familias rotas.
República Dominicana atraviesa una crisis silenciosa que ya no puede verse como “casos aislados”. Solo en los primeros meses de 2026, distintas estadísticas oficiales y observatorios registran entre 22 y 32 feminicidios en el país. Además, la Procuraduría General reportó más de 17 mil denuncias relacionadas con violencia de género e intrafamiliar en apenas el primer trimestre del año.
Y detrás de cada cifra había una mujer que soñaba, que trabajaba, que tenía hijos, metas y esperanzas.
Lo más doloroso es que muchas de ellas habían denunciado antes. Habían pedido ayuda. Habían advertido el peligro. Sin embargo, el sistema muchas veces llegó tarde.
Como periodista, me toca contar historias. Pero como mujer, como madre y como ser humano, confieso que cada feminicidio me rompe un poco más el corazón. Porque no estamos hablando solo de estadísticas; estamos hablando de vidas apagadas por el odio, el control, los celos enfermizos y una violencia que se ha normalizado demasiado.
Y sí, necesitamos más acciones del Estado, más protección, más educación emocional, más atención psicológica y justicia firme. Pero también creo que necesitamos volver a Dios.
Hay una frialdad espiritual creciendo en la sociedad. Hay hogares destruidos, corazones llenos de ira, hombres incapaces de manejar el rechazo y familias donde se perdió el respeto por la vida. Esto no se resuelve únicamente con leyes; también se combate desde el alma.
Por eso hoy no quiero solamente opinar. Quiero hacer un llamado.
Oremos por nuestro país. Ayunemos por las familias. Intercedamos por las mujeres que viven aterradas dentro de sus propios hogares. Clamemos por los hombres que necesitan sanidad emocional y transformación espiritual antes de convertirse en agresores.
Porque cuando una sociedad pierde el temor de Dios, la violencia encuentra espacio para crecer.
No podemos acostumbrarnos a los feminicidios. No podemos normalizar titulares de mujeres asesinadas cada semana. No podemos seguir contando cadáveres mientras el dolor se multiplica en silencio.
Todavía estamos a tiempo de reaccionar como nación.
Y aunque las autoridades tienen una gran responsabilidad, también la tenemos nosotros: como padres, iglesias, medios de comunicación, escuelas y ciudadanos.
Que no llegue el día en que las cifras nos hagan perder la sensibilidad.
Porque cada mujer asesinada tenía nombre. Tenía voz. Tenía vida.
Y ninguna cifra podrá devolverla.


